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	<title>Irreverendos &#187; Azconación</title>
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	<description>Pistas falsas para incrédulos verdaderos</description>
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		<title>Azcona nunca (o poco) visto</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Apr 2008 18:09:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Alejandro Romero]]></dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Van tres sábados de Azcona&#8230; ¿hay como para un cuarto? Hay, hay. (O más bien, dirá alguno, ay, ay).</p>
<p><em><img id="image3001" title="La paella.jpg" alt="La paella.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/La paella.jpg" align="left" />La paella</em> (Ediciones Aborigen, 2006) es el episodio piloto de una serie de televisión que se iba a titular <em>Terraza Cristal</em>, allá por principios de los 90, pero que jamás llegó a realizarse. Sin embargo, como no podía ser menos tratándose de Azcona, lo que guarda el libro entre sus cubiertas no es el guión original sino la inevitable revisión a cargo del perenne descontento, quien añade detalles y redondea secuencias con desenvoltura de maestro. Cuenta con dos prólogos del distinguido azconólogo <strong>Bernardo Sánchez</strong>: el primero, con fecha del 16 de septiembre de 2006, y el segundo, mucho más breve, firmado el 24 del mismo mes para dejar constancia de su sorpresa al recibir de buenas a primeras la versión retocada el día 20.</p>
<p>España, años 50. Una pareja de recién casados viaja a Roma para entregar a <strong>Pío XII</strong> una paella con el escudo papal recreado a base de cigalas y otros aditamentos. ¿Hace falta decir cuál es el desenlace de la aventura? Recuérdese que Azcona también escribió <em>La audiencia</em> (1971) para <strong>Marco Ferreri</strong>. Es la premisa común de buena parte de las narraciones de este burlón discípulo de <strong>Kafka</strong>, que para resarcirse por no haber tenido ocasión de adaptar directamente <em>El castillo</em> lo reelaboró en múltiples combinaciones: uno o varios infelices se proponen algún objetivo relativamente ambicioso (y es que, en según qué circunstancias, hasta pretender pagar las letras del motocarro es un pecado de soberbia) y, tras dejarse los hocicos contra la realidad, se retiran lamiéndose las heridas al tiempo que procuran guardar una pizca de dignidad. Los presuntos enamorados consiguen ver finalmente al Santo Padre, pero Azcona nos escamotea el encuentro: las abstracciones no tienen rostro, y su esencia se describe mejor en el desencanto de quienes han sido visitados por ellas.</p>
<p>Puesto que el programa había de durar sólo una hora, Azcona no se entretuvo en episodios tangenciales: cada escena cuenta y los personajes quedan retratados en pinceladas precisas. Conocemos a Alberto, el protagonista, en la cotidianeidad de una alcoba de adocenado sabor conyugal, cuando la mujer con la que ha compartido lecho durante tantos años le recuerda que mañana se va a casar con otra. Después de pasar por el altar, el guionista lo describe “enternecido por la estupidez de su flamante mujer”, la cual “cada vez que abre la boca hace una manifestación de su inteligencia”. Se trataba de dar cuenta de los hábitos de esparcimiento de los vencedores de la guerra civil, de modo que Azcona carga las tintas en la sátira y el esperpento. Jamás conoció remilgos hacia lo escatológico, lo cual le permite basar la alegoría en la putrefacción galopante del arroz y los mariscos que llegaron a Roma dando saltos sobre el inodoro del avión.</p>
<p><img id="image3002" title="Tamaño natural.jpg" alt="Tamaño natural.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/Tamaño natural.jpg" align="right" />¿La paella como símbolo de la España franquista? Bernardo Sánchez recuerda en su prólogo la paella del pack ibérico que Luis José quiere patentar en los primeros minutos de <em>Nacional III</em> y la que engrasa el mercadeo turbio en la comisaría de <em>La corte del faraón</em>. Hay otra paella memorable en <em>La vaquilla</em>, que representa, como la propia vaquilla, todo lo que faltaba en el bando republicano.</p>
<p>Es muy probable que el lector de <em>La paella</em> lamente que nunca llegara a filmarse, pero hay otro motivo mayor de pesares: cancelado el proyecto, nos quedamos sin siquiera leer los demás capítulos que habría escrito Azcona.</p>
<p>Por lo demás, no es difícil localizar ediciones interesantes de muchos de los mejores guiones que escribió el que se decía amanuense de obsesiones ajenas: <em>El anacoreta</em>, <em>Plácido</em>, <em>Belle Epoque</em>&#8230; Muchos de ellos justifican su existencia por anteceder al consumo generalizado de reproductores de vídeo: era lo más parecido que había, por entonces, a poseer una película sin los engorros que acarreaba un proyector. Aun así, sigue teniendo sentido prestarles atención. En estos tiempos de exclusivísimas ediciones limitadas para coleccionistas a la venta en la sección de DVDs de cualquier Carrefour (algo que resulta muy cómodo y conveniente para el que suscribe, por cierto y sin ir más lejos), se pueden aprender más cosas sobre <em>Tamaño natural</em> leyendo el libro que publicó Sedmay en 1976 que buscando inexistentes extras ocultos en el disco. El volumen incluía una extensa entrevista con <strong>Berlanga</strong> y un informe sobre el escándalo que levantó la película entre las feministas italianas, amén del prólogo de un <strong>Umbral</strong> reducido a extática fan quinceañera (fan de Berlanga, eso sí).</p>
<p><img id="image3003" title="PobreParalíticoyMuerto2008.jpg" alt="PobreParalíticoyMuerto2008.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/PobreParalíticoyMuerto2008.jpg" align="left" />Y si es por reediciones, hay que sumar a las que ya se mencionaron en artículos anteriores la de <em>Pobre, paralítico y muerto</em> (Ediciones del viento, 2008). La portada es muy elegante pero, qué quieren que les diga, donde se pongan las ilustraciones de <strong>Lorenzo Goñi</strong>&#8230; Aun así, vale como sucedáneo desnatado en caso de que no se ponga a tiro la edición original (que, todo sea dicho, hace cuatro o cinco años no era raro ver en las ferias de libro antiguo y de ocasión por unos pocos euros).</p>
<p>Hasta aquí hemos llegado. Pero hay que seguir leyendo a Azcona. En vida hizo todo lo posible por esquivar focos y primeros planos. Ahora más que nunca, debemos seguir acosándolo, buscando esos libros de los que reniega, desenterrando esa obra a la que sometía, coqueto en el fondo, a liftings periódicos. Tenemos que ejercer de buitres. Que no pueda decir, desde la tumba que es refugio óptimo del anacoreta, que ha tenido que morirse para que le dejemos en paz.</p>
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		<title>Azcona, el anónimo hombre ilustre</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Apr 2008 22:05:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Alejandro Romero]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Azconación]]></category>

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		<description><![CDATA[“Rafael – me he dicho muy serio – no seas memo. ¿Qué demonios vas a contar tú como individuo? Nunca has salvado a un náufrago, nunca has matado a una mosca, nunca has hecho&#46;&#46;&#46;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><img id="image2973" title="Atrapados por la vida.jpg" alt="Atrapados por la vida.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/Atrapados por la vida.jpg" align="right" />“Rafael – me he dicho muy serio – no seas memo. ¿Qué demonios vas a contar tú como individuo? Nunca has salvado a un náufrago, nunca has matado a una mosca, nunca has hecho nada brillante ni extraordinario&#8230; Tu vida es una vida ni fu ni fa, igual a la de tantos y tantos señores particulares que, ahí los tienes, no dicen ni esta existencia es mía&#8230;”</p>
<p><strong>Rafael Azcona</strong><br />
<em>Mi vidorra de escritor (Autobiografía pequeñita)</em><br />
Prólogo a <em>Cuando el toro se llama Felipe</em></p>
<p>El primer libro sobre Azcona, <em>Atrapados por la vida</em>, aparece en 1987, por obra y gracia de la semana de cine de Valladolid y <strong>Juan Carlos Frugone</strong>, crítico y estudioso bonaerense. Está a punto de estrenarse la que, aunque todavía no se sabe, quedará como última colaboración con <strong>Berlanga</strong>, <em>Moros y cristianos</em>, película infravalorada donde las haya. Azcona no concede entrevistas pero, como señala Frugone, no tiene inconveniente en obsequiarle con la riqueza irreproducible de un sinnúmero de horas de su charla.</p>
<p><img id="image2974" title="Con perdón.jpg" alt="Con perdón.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/Con perdón.jpg" align="left" />Tras dar cuenta de la atinada inspiración kafkiana del título de la monografía (es conocida la pasión que Azcona sentía por el escribiente de Praga, al que consideraba un humorista harto más luminoso que ese muso de suicidas fabricado por<strong> Max Brod</strong>), Frugone rescata la “autobiografía pequeñita” con que Azcona prologó su primer libro. Es probablemente el texto más largo que escribió sobre sí mismo, un pecado de juventud del que tuvo contadas ocasiones para arrepentirse: ya en sus líneas se disculpaba por perpetrarlo aunque, astucia de fugitivo vocacional, responsabilizando al editor. A continuación, el autor dedica un capítulo a cada uno de los colaboradores azconianos más asiduos (<strong>Berlanga</strong>, <strong>Ferreri</strong> y <strong>Saura</strong>) y concluye con una filmografía completa (hasta 1987, como es lógico).</p>
<p><em>Rafael Azcona, con perdón</em> (1997) es una obra de amor compilada por <strong>Luis Alberto Cabezón</strong>. Es, además, prácticamente un arma de defensa personal: un alto y grueso volumen de quinientas setenta páginas con el que puede uno desnucar cómodamente a esa anciana consorte que no se decide a morirse y dejarnos su piso en herencia. En sus <img id="image2975" title="La tauromaquia según Rafael Azcona.jpg" alt="La tauromaquia según Rafael Azcona.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/La tauromaquia según Rafael Azcona.jpg" align="right" />páginas cabe prácticamente todo pero con escaso orden y concierto: testimonios de gente como <strong>López Vázquez</strong>, <strong>Umbral</strong>, <strong>Gonzalo Suárez</strong>,<strong> David Trueba</strong> o <strong>Juan Antonio Bardem</strong>; una muy jugosa entrevista con <strong>Berlanga</strong> diez años después del divorcio del guionista que escribió sus mejores películas; estudios variopintos, alguno de ellos tan notable como la <em>Teoría y práctica de la descojonación</em> de<strong> Bernardo Sánchez</strong>; cuentos relacionados con el mundo y el entorno azconiano (¡atención a <em>La espada encendida</em>, de <strong>Ignacio Aldecoa</strong>!), y un manojo de relatos del propio Azcona, incluyendo (¡cómo no!) la “Autobiografía pequeñita” que diríase anduvo persiguiendo al logroñés hasta el fin de sus días. Lástima que sea preciso peregrinar por todas las librerías de viejo de España para dar con él. Por si las moscas, me tomo la libertad de recordar al respetable que internet no sólo se inventó para mirar en el YouTube cómo lloriquea borrachuzo todo un <strong>David Hasselhoff</strong>.</p>
<p>También obra de amor, aunque de enfoque muy distinto, <em>La tauromaquia según Rafael Azcona</em> (2006) contiene básicamente lo que su título promete. Su autor, <strong>Pedro María Azofra</strong>, crítico taurino, desmenuza toda la obra de Azcona, tanto su prosa como sus guiones, en busca de episodios en los que haga acto de presencia un toro o cualquier cosa que se le parezca. Por supuesto, el repertorio no empieza ni termina con <em>La vaquilla</em>: desde aquel temprano <em>Cuando el toro se llama Felipe</em>, de confesa inspiración autobiográfica, hasta el policía que pontifica sobre artes de torero en el cuartelillo de <em>Siempre hay un camino a la derecha</em>, la afición de Azcona por los toros asomó la cabeza en casi todo lo que escribió. Por motivos evidentes, se hará indigesto a muchos lectores, pero incluso para quien sienta la más apasionada indiferencia por la tauromaquia puede valer la pena desenterrar las perlas azconianas que abundan en sus páginas. Por no hablar de las numerosas fotografías de un Azcona mozalbete pavoneándose en el ruedo.</p>
<p><em><img id="image2976" title="Hablar el guión.jpg" alt="Hablar el guión.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/Hablar el guión.jpg" align="left" />Rafael Azcona: hablar el guión</em> (2006) es la prueba inapelable de cuantísimo sabe <strong>Bernardo Sánchez</strong> sobre el señor que fue objeto de su estudio y, hasta nuevo aviso, la obra definitiva sobre el susodicho. Lo cual es una suerte porque se puede encontrar en casi cualquier librería bien surtida. La revista a hechos y obras es tan minuciosa que incluso están las novelas de <strong>Jack O’Relly</strong> (queden sus títulos para la posteridad: <em>Amor, sangre y dólares, Siempre amanece, Quinta avenida, La hora del corazón</em> y <em>La vida espera</em>). Y el análisis tiene poco que ver con la acostumbrada exhibición de autoindulgencia masturbatoria de enconado postestructuralismo baudrillardiano afecto a la jerga críptica del que esta misma frase es buen ejemplo; es decir, que tiene sentido, está puñeteramente bien escrito y se aprende mucho. Lo mejor que puede hacerse, si no tiene uno libro o película de Azcona que echarse a la boca, es leer a Bernardo Sánchez escribiendo sobre Azcona. ¿Queda claro cuán recomendadísimo está o es preciso que me presente en las casas de todos y cada uno de ustedes a zarandearles por las solapas de las camisas, oigan?</p>
<p><em>(El sábado que viene metemos mano a algunos inéditos y publicaciones póstumas y ya dejamos en paz a Azcona, que se lo ha ganado el hombre&#8230;)</em></p>
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		<title>La amotillo</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Apr 2008 22:01:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Enrique Bonet]]></dc:creator>
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		<title>Pobre, paralítico y muerto.</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Apr 2008 22:38:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Lola Sánchez]]></dc:creator>
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		<title>Los muertos no se tocan, nene</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Apr 2008 10:06:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[El Juan Pérez]]></dc:creator>
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		<title>Azcona, el exitoso novelista frustrado (2)</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Apr 2008 22:05:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Alejandro Romero]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Azconación]]></category>

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		<description><![CDATA[“El editor – que es ese señor que de vez en cuando nos da a los literatos una peseta o, si bien se mira, dos – me ha ordenado que escriba mi autobiografía para&#46;&#46;&#46;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><img id="image2949" title="AzconaAbuelete.jpg" alt="AzconaAbuelete.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/AzconaAbuelete.jpg" align="left" />“El editor – que es ese señor que de vez en cuando nos da a los literatos una peseta o, si bien se mira, dos – me ha ordenado que escriba mi autobiografía para colocarla delante de la novela que usted va a tener el gusto de leer&#8230; si no se lo piensa mejor y se marcha por ahí a tomar gambas a la plancha, que es lo bueno”.</p>
<p><strong>Rafael Azcona</strong>, <em>Mi vidorra como escritor </em>(Prólogo a <em>Cuando el toro se llama Felipe</em>)</p>
<p>“Como había que vivir se escribía. Como hice otras cosas. Además, me permití la petulancia de comenzarlo con mi biografía, como si yo fuera algo”.</p>
<p><strong>Rafael Azcona</strong>, en <em>La tauromaquia según Rafael Azcona</em>, de <strong>Pedro María Azofra</strong></p>
<p>Cuando Ediciones Arión publica <em>Pobre, paralítico y muerto</em> (1960) ya se anuncia el estreno inminente de <em>El cochecito</em>, basada en la segunda de las novelas cortas que comprenden el volumen. El humor codorniciesco, amable y surrealista, se repliega y deja lugar a las regiones más negruzcas del absurdo cotidiano. Estos son los penitentes en la procesión de miserias: el pobre Venancio, gloria local cuando <img id="image2950" title="PobreParalíticoyMuerto.jpg" alt="PobreParalíticoyMuerto.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/PobreParalíticoyMuerto.jpg" align="right" />vende el gordo, aupado a hombros por las autoridades del pueblo hasta que se descubre que ha repartido muchas más participaciones de las que debía; el anciano don Anselmo, empeñado en conseguir a toda costa un cochecito automotor como sus amigos minusválidos; y el médico don Joaquín, llamado en mitad de una noche tormentosa para atender a un sacerdote que termina cadáver, deambulando bajo la lluvia con un taxista como escudero, en busca de alguien que quiera hacerse cargo de su rígido acompañante.</p>
<p>En este libro la prosa de Azcona es directa, escueta, ajena a los juegos formales y las cabriolas metalingüísticas tan propias de la escuela de <em>La Codorniz</em>. Es fácil caer en la tentación de presumir que su reciente experiencia como guionista cinematográfico influye en el estilo y la estructura de <em>Pobre, paralítico y muerto </em>(si se compara, por ejemplo, con la anterior <em>Los ilusos</em>, harto más dispersa). Sea cual sea la gallina, y sea cual sea el huevo, lo cierto es que el humor, de un costumbrismo áspero, proviene antes de situaciones y diálogos que de los recursos habituales del articulismo jocoso del que provenía su autor. No es sorprendente que, de toda su obra como narrador, fueran <em>El pisito</em> y <em>Paralítico</em> las únicas adaptadas al cine. Tanto <strong>Ferreri </strong>como <strong>Berlanga</strong> se prendaron de <em>Los muertos no se tocan, nene</em>, pero faltaba ese objetivo (un piso, un coche de minusválido) que siempre tienen que perseguir los héroes de las películas según los autores de manuales para aspirantes a guionista.</p>
<p><img id="image2951" title="SrBajito.jpg" alt="SrBajito.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/SrBajito.jpg" align="left" />De nuevo, el editor benevolente que ceda al capricho de reeditarla correrá riesgo de excomunión (y manteamiento y escarnio en la plaza mayor, quien sabe si lapidación o caída libre desde un campanario, convenientemente amarrado a una cabra) si prescinde de las ilustraciones de <strong>Lorenzo Goñi</strong>.</p>
<p>A petición del responsable de la Enciclopedia Pulga, Azcona compila <em>Memorias de un señor bajito</em> (1960), enhebrando artículos de su haber codorniciesco con una tenue excusa argumental. El libro se enmarca en una honorable tradición del humor español del siglo XX, el refrito presuntamente memorialístico que había contado con practicantes tan insignes como <strong>Miguel Mihura</strong> (<em>Mis memorias</em>) o <strong>Tono</strong> (<em>Memorias de mí</em>, también conocido como ¡<em>Viva yo!</em>).<em> </em>En él encontramos a un discípulo aventajado de los maestros, que domina con soltura los resortes característicos del semanario y se mueve con gracejo por un universo de surrealismo lúdico no exento de sombras. Véanse las lecciones por correspondencia que imparte el susodicho señor bajito, quien recomienda un método infalible para hacer salir cualquier cuerpo extraño que haya podido meterse en el ojo de un niño: dar un golpe seco en la nuca de la criatura para que el impacto expulse los globos oculares y con ellos, el objeto molesto. Con todo, hay que tener en cuenta que el padre de <em>La Codorniz</em> también incurría de vez en cuando en el humor salvaje, como en aquel relato crudelísimo sobre el fotógrafo especializado en niños muertos.</p>
<p><img id="image2952" title="LosEuropeos.jpg" alt="LosEuropeos.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/LosEuropeos.jpg" align="right" />En 2007 la editorial logroñesa Pepitas de Calabaza rescató <em>Memorias de un señor bajito</em>. Fue el último libro corregido y ampliado por Azcona y, como de costumbre, introdujo modificaciones sustantivas con respecto a la primera publicación. <em>(Nota: no, por lo visto, y para alegría de sus forofos, no fue el último libro corregido y aumentado, como avisa Enrique Bonet en los comentarios a esta entrada).</em></p>
<p>Después de <em>Los europeos</em> (1960), tercer lanzamiento en un año especialmente prolífico, Azcona el novelista se sumergió en un prolongado silencio. De hecho, dejando a un lado revisiones y reescrituras de trabajos anteriores (como la propia <em>Los europeos</em>), no volvió a publicar más novelas. Quizá ésta no tuvo el recibimiento que su autor esperaba. O tal vez los menesteres de guionista no le dejaron tiempo ya para veleidades literarias de menor compensación material. Está fuera de duda que en su día, aunque luego se dijera rescatado por el cine del destino de escritor mediocre, quiso publicar esta novela. Tanto es así que se las apañó para editarla en París (bajo la rúbrica Libraire des Éditions Espagnoles), aunque en castellano, para sortear la censura española que no habría transigido con la relativa franqueza sexual de su argumento y la sordidez en que desemboca la trama. En cierto sentido, <em>Los europeos</em>, con ese título que suena a película del tándem <strong>Pajares</strong>-<strong>Esteso</strong>, representa el lado oscuro de todas aquellas comedietas sobre la caza y captura de la turista nórdica. Azcona presenta a una pareja de amigos veraneantes en Ibiza: por un lado Antonio, ávido de juerga nocturna y cachondeo despendolado, ansioso por vivir aventuras estrictamente eróticas sin implicación sentimental. Por otro, Miguel, escéptico en la superficie e idealista en el fondo. Aquí Azcona rebasa con creces la misantropía y el desengaño barojiano: si don <strong>Pío</strong> solía reservarse en cada novela un alter ego que terminaba representando la rectitud moral en un mundo dominado por los corruptos y los envidiosos, el que fuera su lector fervoroso se siente aún menos esperanzado con respecto al género humano. Miguel se prenda de Odette, una francesa que responde a todas sus expectativas románticas, y el desarrollo de tan prometedora relación conduce a uno de los finales más tristes e implacables que escribió Azcona.</p>
<p><em><img id="image2953" title="Estrafalario.jpg" alt="Estrafalario.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/Estrafalario.jpg" align="left" />Los europeos</em> era sorprendentemente cruda en su primera versión, pero aún así su autor quiso retocarla  en 2006 y la volvió a publicar en Tusquets. Quien quiera hacerse una idea de las cimas literarias que podía alcanzar el presunto escritor frustrado debe leerla.</p>
<p><em>Otra vuelta en el cochecito</em> (1991) revisita la película treinta años después, por iniciativa del destacado azconófilo <strong>Bernardo Sánchez</strong> (con quien volveremos a encontrarnos en el artículo de la semana que viene). Para la ocasión, Azcona aporta un prólogo sobre la “pequeña historia de <em>El Cochecito</em>” y, fiel a su costumbre, reescribe el guión literario de la película, introduciendo todos los cambios derivados de su peculiar rodaje a la usanza neorrealista. La segunda mitad del libro es una completa recopilación (a cargo de <strong>Bernardo Sánchez</strong>) de documentos relacionados con la producción: entrevistas de la época, fragmentos de<em> Paralítico</em> y del guión de rodaje, un álbum de fotos&#8230;</p>
<p><em>Estrafalario/1</em> (1999) recogía, bajo un título tirando a inexplicable (¿Estrafalario? ¿Por qué?), <em>Los muertos no se tocan, nene</em>, <em>El pisito</em> y <em>El cochecito</em> (es decir, <em>Paralítico</em>), corregidas para la ocasión. Se prometía un segundo volumen que jamás llegó a aparecer y en el prólogo, <strong>Josefina R. Aldecoa</strong>, vieja amiga de Azcona, se dedicaba a poner los dientes largos al lector cantando las alabanzas de <em>Los europeos</em>, una novela que evidentemente no se incluía en el primer volumen, y ya metida en harina tenía el detalle de destripar el final. A falta de la reedición que tardaría siete años en llegar (y de empeño por rastrear la edición original en librerías de viejo), tal vez mejor eso que nada.</p>
<p><em><img id="image2954" title="MemoriasDeSobremesa.jpg" alt="MemoriasDeSobremesa.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/MemoriasDeSobremesa.jpg" align="right" />Memorias de sobremesa</em> (1998) no es una novela. Pertenece a un género mucho más inquietante, el de los libros de conversaciones en los que escritores y otros mesías culturales se hacen la corte entre sí, ajenos al pudor. Por fortuna, el libro fracasa casi por completo en ceñirse a las normas de dicho género, y por eso mismo es una delicia de principio a fin. Rafael Azcona, <strong>Manuel Vicent</strong> y <strong>Ángel Harguindey</strong> departen relajadamente sobre humor, literatura, política, sentimientos, cine y hasta toros (esto último no es de extrañar conociendo la temprana vocación taurina de Azcona). El tomo se presenta como “un manifiesto contra la pedantería” (se supone que, por pura coherencia, uno de entre tantos posibles) y consigue serlo pese al aparente narcisismo de su planteamiento: la conversación fluye con desenfado, humor y anécdotas impagables, y pocas veces se estanca en la alocución pontificia. Cierto, hay que quererse al menos un poquito para suponer que al mundo le importa lo que uno pueda hablar mientras come con los amigos. Pero no mucho más de lo que hay que quererse para suponer que habrá lectores para las novelas que uno escribe. En esas contradicciones sigue habitando un Rafael Azcona al que, precisamente porque evitó por todos los medios convertirse en personaje público, recordamos vivo y humano, nunca como reliquia incorrupta para necrófilos. Él, que tanto practicó el humor negro, y que con tanto entusiasmo negó haberlo hecho.</p>
<p><em>(El sábado que viene toca inventario de libros sobre Azcona, que también haylos. Incluso, rasgo meritorio, anteriores a su muerte).</em></p>
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		<title>Los inéditos de Azcona</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Apr 2008 23:06:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Enrique Bonet]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Azconación]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>Estos son los apuntes de posibles guiones que Rafael Azcona dejó en las servilletas de una cafetería de Logroño, y que un camarero -fiel lector de <em>Irreverendos- </em>nos ha hecho llegar:</p>
<p><em><strong>Cándido. </strong></em><br />
Para celebrar el Día de la Constitución, los ciudadanos de bien de una pequeña urbe española quieren establecer la costumbre de invitar a su mesa a un inmigrante sin papeles para hincharlo a cigalas. Contratan los servicios de Cándido, un pescador local cargado de deudas, para llenar su barquichuela de ilegales y llevarlos hasta sus hogares.<br />
Los ciudadanos de bien morirán intoxicados a causa del mal estado de las cigalas y los inmigrantes –cuyos curtidos estómagos resisten sin problema los envites del marisco- serán acusados de asesinato colectivo. Cándido se queda sin cobrar su trabajo, y lo que es peor, sin probar las cigalas.</p>
<p><img class="marco centrar" id="image2942" title="candido.jpg" alt="candido.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/candido.jpg" /><br />
<em><strong>El minipiso</strong></em><br />
Manolo y Pepi son dos estudiantes de LADE que, hartos de compartir piso con estudiantes Erasmus, quieren comprar un minipiso construido por el Ministerio de la Vivienda. Ante la imposibilidad de afrontar la hipoteca, Pepi le sugiere a Manolo que se haga amante de la directora de la sucursal bancaria para que le rebaje la deuda. Tras años de intensa relación, la directora consiente en rebajarle un 0,5% en el tipo de interés, pero para entonces Manolo y Pepi han engordado tanto que ya no caben juntos en el minipiso.</p>
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		<title>Azcona, el exitoso novelista frustrado (1)</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Apr 2008 22:03:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Alejandro Romero]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Azconación]]></category>

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		<description><![CDATA[“Parece como si la tragedia o el drama fueran la verdad de la vida y la comedia o la farsa lo inventado. Yo me resisto a admitirlo. Creo que desde el punto de vista&#46;&#46;&#46;]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><img id="image2927" title="AzconaMozalbete.jpg" alt="AzconaMozalbete.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/AzconaMozalbete.jpg" align="left" />“Parece como si la tragedia o el drama fueran la verdad de la vida y la comedia o la farsa lo inventado. Yo me resisto a admitirlo. Creo que desde el punto de vista literario, uno tiene que manipular la realidad para hacerla rotundamente trágica o dramática”.</p>
<p><strong>Rafael Azcona</strong>, en <em>Memorias de sobremesa</em></p>
<p>Para esquivar los reproches de los críticos que le exigían coherencia, <strong>Michel Foucault</strong>  hizo notar en un pasaje célebre de su <em>Arqueología del saber</em>  que algunos “escribimos para perder el rostro”. Y clamaba: “Que nos dejen en paz a la hora de escribir”. Tal vez Azcona hubiera suscrito esa protesta.</p>
<p>Sólo en sus últimos años de vida consintió en dejarse entrevistar con cierta frecuencia. Casi tan huidizo como otro guionista legendario, el agorafóbico <strong>Gérard Brach</strong>, parecía disfrutar desconcertando a sus interlocutores. Lo mismo se declaraba novelista frustrado que decía sentirse contentísimo de cambiar la prosa por el guión porque así se ahorraba tener que escribir párrafos como éste: “La luna se elevó límpida, incandescente, sobre las copas de los pinos <img id="image2928" title="VidaVicente.jpg" alt="VidaVicente.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/VidaVicente.jpg" align="right" />silenciosos que se estremecían soñando con los pecados de los hombres, en particular con los de Jerónimo de la Morena, ortodoncista de profesión”. Bastaba con un “Anochece”.</p>
<p>Pudo compartir con directores, coguionistas y actores varios la responsabilidad de las historias que urdió para el cine; al cabo, los diálogos de sus célebres películas berlanguianas seguían mutando hasta en la fase de postproducción, cuando se ajustaba el doblaje de aquellos alambicados planos secuencia y las ocurrencias geniales de último minuto remataban la faena. Pero también sus novelas aparecen ante el lector en estado de flujo, mutantes y proteicas, reescritas y retocadas sin compasión por un autor eternamente insatisfecho: ha tenido que venir la muerte, como siempre, a congelarlas en su última encarnación.</p>
<p>En 1951 desembarca en Madrid un poeta bisoño (y lo que es peor, de Logroño), enamorado de <strong>Pío Baroja</strong> y empleado como escribiente en una carbonería. Al tiempo deja el trabajo y se tira de cabeza a la bohemia: es la época que describe en <em><img id="image2930" title="VidaVicente2.jpg" alt="VidaVicente2.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/VidaVicente2.jpg" align="right" />Los ilusos</em> (1958), una de las novelas pendientes de reedición (teóricamente se habría incluido en el segundo volumen nunca publicado de la compilación <em>Estrafalario</em>).  Frecuenta el café Varela, donde se da cobijo a los poetas aunque se abstengan de consumir (incluso, merced insólita, se les agasaja con vasos de agua), y se celebran veladas literarias. Concluye que poco de nuevo queda por rimar: se dedica a la escritura mercenaria de novelitas románticas y del oeste, con el seudónimo <strong>Jack O’Relly</strong>, alquilando una máquina de escribir con otros destajistas de la letra; hilvana tópicos sobre un tema que dice ignorar por completo, la decoración, en la revista <em>Arte y Hogar</em>; y por mediación de <strong>Mingote</strong> accede a <em>La Codorniz</em>.</p>
<p>En 1955 publica <em>Vida del repelente niño Vicente</em>, autobiografía apócrifa del infante en cuestión, que la desautoriza en un prólogo memorable (en el que, además, tiene el detalle de recordar al autor que “huevo” se escribe con “h”). Si los chistes del niño Vicente se basaban fundamentalmente en la parodia de una cierta modalidad de discurso, la novela permite que Azcona se explaye en la verborrea caricaturesca mucho más allá de los límites que lógicamente le imponía el humor gráfico. El de la novela es un <img id="image2931" title="LosMuertosNoSeTocan.jpg" alt="LosMuertosNoSeTocan.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/LosMuertosNoSeTocan.jpg" align="left" />Vicente desatado, sin adulterar: de cada episodio extrae una lección ejemplar, cada peripecia vital formula una moraleja. Con maliciosa ingenuidad de humorista, Azcona destila al niño modelo del franquismo y, sorpresa, resulta ser un monstruo.</p>
<p>Hay diversas ediciones: la de 1955, en la colección El Club de la Sonrisa; otra de 1984, en El Mascarón; y por fin, la de 2005, en Aguilar, convenientemente remozada por su autor, con un añadido impagable en el frontspicio: una foto del niño Rafael, en pantalón corto y con un libro abierto en las manos. Conviene recordar también la serialización en el difunto semanario <em>El virus mutante</em>, con  ilustraciones de <strong>Andrés Soria</strong>.</p>
<p>Quisiera poder escribir sobre la que, al margen de fechas de edición, fue su primera novela, <em>Cuando el toro se llama Felipe</em> (1956), pero hasta ahora no ha habido forma de echarle el guante. El propio Azcona dijo en alguna ocasión que no se reeditaría y que se alegraba de ello. Dadas las circunstancias, poco alcanzo a comentar más allá de lo codorniciesco del título. Para quien prefiera píldoras sintéticas <em>readersdigestivas</em> a la lectura de una novela hecha y derecha, y a falta de ediciones asequibles de la novela en cuestión, <strong>Juan A. Ríos Carratalá</strong> resume sucintamente la trama y algunos de sus rasgos más salientes en la introducción a la edición de Cátedra de <em>El pisito</em>.</p>
<p><em><img id="image2932" title="Pisito.jpg" alt="Pisito.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/Pisito.jpg" align="right" />Los muertos no se tocan, nene</em> (1956) fue la novela que llamó la atención de <strong>Marco Ferreri</strong> y, por tanto, significó la entrada de Azcona en el cine (lo cual, según decía el interesado, le salvó de convertirse en novelista mediocre). Tan coral como las películas berlanguianas por las que más se recuerda al escritor, el libro documenta el despliegue de rituales absurdos y sentimientos disecados que provoca una muerte en la familia. Hay veneno para todos, pero retrata con particular saña al adolescente con ínfulas de poeta, tan narcisista como sentencioso, que se da al verso grandilocuente a la menor provocación. Como de costumbre, Azcona se entretiene desguazando meticulosamente esperanzas y sueños, nobles e innobles por igual, sin salvar los de su propia juventud.</p>
<p>Se reeditó en el primer (y único) volumen de <em>Estrafalario</em>, de Alfaguara, y después como libro independiente en Suma de Letras.</p>
<p><em>El pisito. Novela de amor e inquilinato</em> (1957) fue producto, en su primera versión, de dos meses (febrero y marzo de <img id="image2933" title="ChistesVicente.jpg" alt="ChistesVicente.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/ChistesVicente.jpg" align="left" />1957) de escritura furiosa en Almuñécar. En junio salió a la calle en la colección El Club de la Sonrisa. La tirada original se agotó en poco tiempo y dio lugar a una segunda edición. Pese al éxito, Azcona decía avergonzarse de la novela: cuando la revisó para incluirla en <em>Estrafalario</em> la rescribió casi por completo, inspirándose más en la adaptación cinematográfica que hizo con <strong>Ferreri</strong> que en su propia obra original. Es la misma versión que figura en la muy recomendable edición crítica de Cátedra.</p>
<p>El argumento, para quien lo ignore: un oficinista que carga sobre la espalda varios lustros de noviazgo con una prometida cada día más impaciente se presta, incitado por la mismísima prometida, a contraer nupcias con su anciana casera para heredar el piso cuando fallezca y poder formar una familia como Dios manda. No hay más que ver <em>El verdugo</em> para tener claro hasta qué extremos son capaces de llegar los personajes azconianos por adquirir una vivienda en propiedad.</p>
<p>En la recopilación de <em>Chistes del repelente niño Vicente</em> (1957) encontramos al Azcona humorista gráfico, de talento limitado pero funcional, muy capaz de sacarse partido dentro de sus carencias y creador, después de todo, de un personaje icónico también en lo estrictamente visual. Azcona se oponía con todo su entusiasmo a recuperar el libro para el <img id="image2934" title="Ilusos.jpg" alt="Ilusos.jpg" src="http://www.irreverendos.com/wp-content/uploads/2008/04/Ilusos.jpg" align="right" />público contemporáneo, pero teniendo en cuenta la costumbre que tienen los necrófagos literarios de exhibir las vergüenzas de los escritores publicando su correspondencia íntima, diríase que pedir que contradigan los deseos del autor en este caso no es excesivamente irrespetuoso.</p>
<p>La solapilla de la portada de <em>Los ilusos</em> (1958) hacía saber al lector que Azcona, por aquello de que estaba adquiriendo personalidad literaria, iba dejando de lado el comodín del chiste y el disparate. Es decir, que la cosa se iba poniendo seria. Para colmo de males, el libro es eminentemente autobiográfico. ¿Un Azcona autoindulgente? No hay motivos para el espanto: también <em>Cuando el toro se llama Felipe</em> partía, dicen, de cierta inspiración autobiográfica, y no por ello deja de ser (insisto: dicen) una comedia absurda. <em>Los ilusos</em> trata sobre una cierta bohemia madrileña, la de los aspirantes eternos que no podían permitirse poner el pie en Gijones o Chicotes: pícaros contradictorios, llevados al cálculo más cínico por la ilusión más ingenua. En la travesía emocional del protagonista de la novela, un Paco que perfectamente podría haberse llamado Rafael, está la razón de ser del título de escritor frustrado que se otorgaba Azcona. Y dijeran lo que dijeran sus editores, el libro salió irresistiblemente divertido.</p>
<p>Conste en acta: si algún día la reeditan, sería pecado mortal privarnos de las ilustraciones de <strong>Mingote</strong>.</p>
<p><em>(Continúa el próximo sábado)</em></p>
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		<title>Mundos de ficción</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Apr 2008 22:04:08 +0000</pubDate>
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		<title>Problemas de guión</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Apr 2008 20:12:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Enrique Bonet]]></dc:creator>
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